Harry Harrison
Las manos
entrelazadas detrás de la espalda, apretando los dientes con furia impotente,
el Capitán Honario Harpplayer medía de arriba abajo el pequeño alcázar del
Redundant, navío de guerra de la Armada de Su Majestad. A su vista y paciencia,
la abatida flotilla francesa retornaba maltrecha a puerto, en jirones las velas
a merced de los vientos, las vergas a remolque por el agua, boquiabiertos los
cascos astillados allí donde el fuego de sus cañones hiciera estallar el frágil
maderamen.
- Señor Shrub,
mande dos brazos a proa, si me hace el favor - dijo - para que le echen agua a
la vela mayor. Con las velas mojadas aumentaremos nuestra velocidad en un
octavo de nudo, y así quizás podamos aún dar alcance a esas ratas cobardes.
- P-pero, señor
- tartamudeó el estúpido primer oficial Shrub, amilanado ante el pensamiento de
discrepar con su adorado capitán -. Si continuamos sacando brazos de las
bombas, nos hundiremos. Tenemos trece boquetes en diferentes sitios por debajo
de la línea de flotación, y...
- ¡Voto a
bríos, señor! He impartido una orden, no le he pedido que convoque a un debate.
Haga inmediatamente lo que se le ha ordenado.
- Así se hará,
señor - musitó Shrub, con humildad, mientras se enjugaba con el dorso de la
mano la lágrima que le brotó de un lloroso ojo de sabueso.
El agua
restalló al caer sobre las velas, y el Redundant se hundió un poco más.
Harpplayer se estrujó las manos entrelazadas y se odió por ese injustificado
arranque de ira para con el fiel Shrub. No obstante, debía mantener frente a la
tripulación - esa chusma y escoria de mil distritos ribereños - la fachada de
una estricta disciplina, así como debía usar corsé para mantener el cuerpo
erguido y una trusa para sujetar la hernia. Debía mantener una buena fachada
porque él era el capitán de ese barco, la nave más pequeña de la flota de
bloqueo que, como el lazo del estrangulador, se cerraba en torno de Europa,
cercando al loco tirano Napoleón, cuyos sueños de conquista jamás se
extenderían hasta Inglaterra en tanto esas minúsculas embarcaciones de madera
siguieran interponiéndose en su camino.
- Rece una
oración por nosotros, Capitán, para apresurar nuestra llegada al cielo, ¡pues
nos estamos hundiendo! - gritó una voz entre la turba de marineros que se
afanaban en las bombas.
- Quiero el
nombre de ese hombre, señor Dogleg - le gritó Harpplayer al alférez, un niño de
apenas siete u ocho años que comandaba a la cuadrilla -. Se quedará sin ron
durante una semana.
- Así se hará,
señor - canturreó la voz aguda del señor Dogleg, que estaba aprendiendo a
hablar.
Que el barco se
hundía era un hecho innegable. Las ratas correteaban por la cubierta, e
indiferentes a las blasfemias y puntapiés de los marineros se lanzaban al mar.
Delante de ellos, la flota francesa había llegado a puerto y buscado refugio en
las baterías ribereñas de Cabo Pietfieux, cuyos cañones apuntaban con sus
abiertas fauces al Redundant, listos para escupir fuego y muerte ni bien la
frágil embarcación estuviese a tiro.
- Prepárese para
soltar las velas, señor Shrub - dijo Harpplayer, y luego levantó la voz para
que pudiese oírlo toda la tripulación. - Esos franchutes han huido
cobardemente, y nos han hecho perder la recompensa de un millón de libras.
Un hosco
gruñido brotó de los tripulantes que, además del ron, amaban las libras, los
chelines y peniques que les permitían comprarlo. El gruñido se transformó
repentinamente en sofocados aullidos de dolor cuando el palo mayor, debilitado
por el fuego disperso de los cañones franceses, se desplomó sobre la cuadrilla
de trabajadores.
- No es
necesario que suelte las velas, señor Shrub, los esclavos de nuestro amigo
Bonifacio ya lo han hecho por nosotros - dijo Harpplayer, obligándose a hacer
una de esas bromas infrecuentes en él, que tanto gustaban a la tripulación. Se
odió por su hipocresía, por recurrir a esos medios para granjearse las
simpatías de aquellos hombres ignorantes, pero tenía el deber de mantener en
forma la moral de sus hombres. Además, si se abstenía de las chanzas, lo odiarían
por ser el patrón negrero, insensible y oportunista que en realidad era. Ahora
mismo lo odiaban, desde luego, pero entre tanto se reían.
Se reían ahora
mientras tajeaban la maraña de cordajes y se llevaban los cuerpos a la rastra
para depositarlos en ordenadas hileras sobre la cubierta. El buque se hundió en
el agua un poco más.
- Terminad de
una vez con los cuerpos - les ordeno - y ocupaos de las bombas, si no queréis
ir a cenar al fondo del mar.
Lanzando
broncas y nerviosas risotadas, los hombres se apresuraron a reanudar las
faenas.
Eran fáciles de
complacer, y Harpplayer les envidiaba sus vidas simples. No obstante los
trabajos pesados, los peligros del agua y los castigos ocasionales, la
existencia de aquellos hombres era mejor que su propia vida atormentada, en el
solitario pináculo del poder. Era él quien debía tomar todas las decisiones, y
esto, a un hombre le de una naturaleza morbosa y paranoica como la suya,
transformaba la vida en un verdadero infierno. Sus oficiales, que lo aborrecían
sin excepción, eran incompetentes. Hasta Shrub, el leal y sufrido Shrub, tenía
sus fallas: por un lado, un cociente intelectual de alrededor de 60, lo cual,
sumado a su origen humilde, significaba que jamás podría ascender más allá del
rango de contralmirante.
Mientras
recapacitaba sobre los variados sucesos del día, Harpplayer inició su
compulsivo ir y venir por el pequeño alcázar, y los demás ocupantes se
acurrucaron contra la banda de estribor a fin de no obstaculizarle el camino.
Cuatro pasos en una dirección, luego tres y medio de regreso chocando la
rodilla con un crujido estremecedor contra la carronada de babor. Pero
Harpplayer no sentía los golpes, su cerebro de jugador de naipes barajaba
pensamientos, evaluaba y sopesaba planes, rechazando aquellos que contuviesen
un mínimo de sentido común y considerando tan solo aquellos que parecían
demasiado insensatos para ser practicables. No por nada lo llamaban en toda la
flota «La Arpía Chupasavia», y lo temían y respetaban como un hombre siempre
capaz de arrancar la victoria de las fauces de la derrota, y siempre al precio
de un inmenso número de vidas. Pero la guerra era la guerra. Uno impartía las
órdenes y hombres valientes perecían, y para eso estaban en las costas las
patrullas de reclutamiento.
Había sido un
día largo y agotador, pero Harpplayer no se permitía aún el lujo de descansar.
La tensión y una aprensión agónica lo atenazaban, implacables como las garras
de Cerbero, desde poco después del amanecer de aquella mañana, cuando el vigía
anunciara la presencia de velas en el horizonte. Habían sido sólo diez, diez
buques franceses de la línea, y antes de que se disipase la niebla matutina la
vengativa forma del Redundant habíase lanzado ya sobre ellos, cual lobo entre
las ovejas. Salva tras salva de artillería, los bien ajustados cañones ingleses
habían atacado a sangre y fuego, diez granadas por cada una de las que escupían
las bocas de los cañones franceses, manejados por la chusma cobarde de las
clases octava y novena de 1812, patriarcas barbicanos y niños de pecho que sólo
deseaban retornar a sus viñedos familiares en vez de estar allí, peleando por
el Tirano, arrostrando las iras de los mortíferos cañones de su isla enemiga,
ese pequeño país que, abandonado a sus fuerzas, luchaba a solas contra el poder
de todo un continente. Había sido una persecución cruel e implacable, y sólo el
refugio seguro de las baterías del puerto francés había impedido la total
destrucción de la escuadrilla. Y en verdad, cuatro de sus buques yacían ahora
entre los congrios, en el fondo del océano, y los seis restantes necesitarían
reparaciones completas antes de estar nuevamente en condiciones de soltar
amarras e ir a enfrentar una vez más el poder justiciero de las naves que
sitiaban sus costas.
- Si me hace el
favor, señor Shrub, haga preparar las mangueras. Creo que es hora de tomar un
baño.
Un clamor sordo
brotó de los pechos de los marineros, porque todos ellos sabían lo que les
esperaba. En las aguas más glaciales de los mares boreales, en lo más crudo del
invierno, Harpplayer insistía en aquella rutina del baño. Las mangueras fueron
rápidamente adosadas a las bombas y muy pronto brotaron por la cubierta
columnas de agua helada.
- ¡Adentro! -
grito Harpplayer, retrocediendo a fin de esquivar cualquier gota ocasional,
mientras se rascaba la piel del costado, que no había visto el agua desde el
verano anterior. Sonrió ante las payasadas pueriles de Shrub y los otros
oficiales que brincaban desnudos en el agua y sólo dio la señal de parar las
bombas cuando las blancas pieles de los hombres hubieron adquirido una delicada
tonalidad cerúlea.
Desde el
horizonte boreal llegó un rumor sordo y prolongado semejante a un trueno lejano
pero a la vez más intenso y penetrante. Harpplayer volvió la cabeza para
contemplar una estela de fuego que apareció por un largo momento en el oscuro
telón de fondo de las nubes y se extinguió en el cielo, dejándole tan solo una
imagen en las retinas. Sacudió la cabeza para alejarla, y pestañeó rápidamente
unas cuantas veces. Por un instante hubiera podido jurar que el rayo de fuego
había bajado en vez de subir, pero eso era manifiestamente imposible.
Demasiadas noches jugando al boston hasta altas horas con los oficiales, no era
de extrañar que estuviese perdiendo la agudeza visual.
- ¿Qué fue eso,
Capitán? - le preguntó el teniente Shrub, con palabras apenas discernibles a
causa del castañeteo de los dientes.
- Un cohete de
señales, o tal vez uno de esos novedosos cohetes de guerra Congreve. Algo raro
pasa por allá, y nosotros vamos a averiguar de qué se trata. Envíe los hombres
a las brazas, si me hace el favor, y llene la vela de gavia y déjela en la
amura de estribor.
- ¿Puedo antes
ponerme los calzoncillos?
- Nada de
impertinencias, señor, ¡o irá a parar al calabozo!
Mientras Shrub
voceaba las órdenes por la trompeta, los hombres se reían de sus desnudas
piernas temblorosas. Sin embargo, pocos segundos bastaron para que los hombres
de la adiestrada tripulación, que menos de seis días antes anduvieron de putas
y copas en tierra, vestidos de paisanos, sin siquiera soñar que las brigadas de
reclutamiento los engancharían para enviarlos al mar, saltaran a las brazas,
levantaran las vergas y jarcias destrozadas, taponaran los boquetes perforados
por las balas, enterrasen a los muertos, bebieran el grog y les quedaran aún
energías suficientes para que unos pocos improvisaran una alegre danza marinera
al son de una gaita. La nave escoró al girar, el agua formó un espuma cremosa
bajo la proa y muy pronto estuvo sobre la nueva amura, alejándose de la costa
para ir a investigar aquel nuevo suceso, haciendo sentir su presencia como
representante de la más poderosa flota de bloqueo que hasta ese entonces
conociera el mundo.
- Barco a la
vista, señor - anunció el vigía desde el palo mayor -. A dos cuartas de la proa
de estribor.
- Repique a
cuadras - ordenó Harpplayer.
En medio del
persistente redoble del tambor y el golpeteo de los curtidos pies desnudos de
los marineros sobre la cubierta, la voz del vigía era apenas audible.
- Sin velas ni
mástiles, señor. Poco más o menos el tamaño de nuestra chalupa.
- Cancele la
última orden. Y cuando ese vigía termine su guardia, quiero que repita
quinientas veces, un bote es algo que se iza y se pone sobre un barco.
Al impulso de
la fuerte brisa que soplaba desde la costa, el Redundant no tardó en acercarse
a la embarcación hasta una distancia suficiente como para poder observarla
desde cubierta.
- Sin mástiles
ni vergas ni velas, ¿cómo hará para desplazarse? - inquirió, boquiabierto, el
perplejo teniente Shrub.
- Especular por
anticipado no tiene sentido, señor Shrub. Esa embarcación puede ser francesa o
neutral, y no quiero correr riesgos. Hagamos cargar y preparar los cañones. Y
quiero a los oficiales en las pernadas, con las armas a medio amartillar. Y que
nadie dispare hasta que yo dé la orden, y al que lo hiciere lo haré cocer y
servir para el desayuno.
- ¡Usted es
infalible, señor!
- ¿Le parece?
¿Se acuerda del mequetrefe que ayer confundió las órdenes?
- Muy valiente,
señor, eso es lo que digo - acotó Shrub, mientras se arrancaba de entre los
dientes un trocito de cartílago -. Daré las órdenes, señor.
La extraña
embarcación no se parecía a ninguna que Harpplayer hubiese visto jamás. Se
desplazaba por las aguas sin nada visible que la impulsara y Harpplayer pensó
en hombres ocultos moviendo remos subacuáticos, pero tendrían que ser enanos
para caber en la nave. Tenía un puente que la cubría de lado a lado, cerrado
por una suerte de techumbre de vidrio, En suma, un extrañísimo artefacto y no
francés, por cierto. Los siervos esclavizados por el pulpo de París jamás
dominarían las técnicas sutiles necesarias para construir una joya de los mares
como era esa. No, debía de provenir de alguna comarca remota, quizá de allende
la China o de las misteriosas islas del Oriente. Había un hombre sentado en la
embarcación, que tocó una palanca y desplazó la ventana superior. El hombre se
puso de pie y agitó la mano a modo de saludo. Sonidos entrecortados brotaron al
unísono de los pechos de los observadores, pues todas las miradas estaban fijas
en la extraña aparición.
- ¿Qué
significa esto, señor Shrub? - vociferó Harpplayer -. ¿Estamos en una feria de
diversiones o en una pantomima navideña? ¡Disciplina, señor!
- P-pero, señor
- tartamudeó el fiel Shrub, sin encontrar las palabras -. Ese hombre, señor.
¡es verde!
- No quiero oír
ninguna de sus condenadas sandeces, señor - chilló Harpplayer irritado, furioso
como siempre lo estaba cuando la gente desvariaba acerca de los «colores» que
imaginaba. Paisajes y puestas de sol y esa clase de estupideces. Desatinos. El
mundo estaba hecho de saludables matices de gris, y ahí acababa la cosa.
Algún
medicastro imbécil de Harley Street le había mencionado una vez una enfermedad
imaginaria que llamó «acromatopsia» pero cuando Harpplayer le propuso enviarle
sus padrinos desistió de su bufonada.
- Verde, rosa o
púrpura, el tono de gris del hombre no me interesa en lo más mínimo Arrojadle
una línea y hacedlo venir aquí para que podamos escuchar su historia.
La línea fue
arrojada y el extraño, luego de asegurarla a una anilla de su bote, tocó una
palanca que volvió a cerrar la cabina de vidrio y trepó ágilmente a la cubierta
superior.
- Piel verde. -
dijo Shrub, y al instante cerró con fuerza la boca bajo la furibunda mirada de
Harpplayer.
- Basta, señor
Shrub. Es un extranjero y lo trataremos con todo respeto, al menos hasta que
averigüemos a qué clase pertenece. Es un poco peludo, no cabe duda, pero
ciertas razas del norte de las Islas Niponas son así: tal vez sea oriundo de
esos mares. Le doy la bienvenida, señor - dijo, dirigiéndose al recién llegado
-. Yo soy el Capitán Honario Harpplayer, comandante de la nave Redundant de la
Armada de Su Majestad.
- ¡Kwl-kkle-wrrl-kl...!
- Francés no es
- murmuró Harpplayer entre dientes -, ni griego ni latín, estoy seguro. Tal vez
una de esas lenguas bárbaras del Báltico. Probaré con alemán. ¿Ich rate Ihnen, Rsiseschecks mitzunehmen? ¿O un dialecto italiano? E
proibito; pero quisivendono cartoline ricordo.
El extraño
respondía saltando de un lado a otro como enloquecido, señalando el sol,
haciendo movimientos circulares con las manos alrededor de su cabeza, apuntando
a las nubes, haciendo ademanes que sugerían caída y gritando con voz chillona:
- im'ku, m'ku
- El hombre es
efervescente - dijo el oficial de marina -, y además tiene demasiados dedos.
- Puedo contar
hasta siete sin su ayuda - le dijo Shrub con enojo -. Creo que está. tratando
de decirnos que va a llover.
- Quizá es un
meteorólogo en su tierra - dijo Harpplayer sin comprometerse -, pero aquí no es
nada más que un extranjero.
Los oficiales
sacudieron la cabeza en prueba de asentimiento y este gesto pareció enardecer
todavía más al extraño, quien dio un salto hacia adelante, gritando a voz en
cuello en su jeringonza ininteligible. El alerta guardiamarina le asestó un golpe
en la nuca con la culata del mosquete, y el hombre peludo cayó de bruces sobre
la cubierta.
- Intentó
atacarlo a usted, Capitán - dijo el oficial de marina -. ¿Lo pasamos por debajo
de la quilla, señor?
- No, pobre
hombre, tan lejos de su tierra, a lo mejor está preocupado por algo. Debemos
darle tiempo para que supere la barrera idiomática. Léale simplemente los
incisos de Guerra y reclútelo para el servicio. Andamos cortos de brazos
después de este último encuentro.
- Es usted
sumamente indulgente, señor, y un ejemplo para todos nosotros. ¿Qué haremos con
la embarcación?
- Yo la
examinaré. Quizá funcione según algún principio que pueda interesar a
Whitehall. Póngame una escala. Yo mismo bajaré a echarle un vistazo.
Al cabo de
algunos tanteos, Harpplayer descubrió la palanca que accionaba la ventanilla de
vidrio, y cuando ésta se deslizó hacia un costado se dejó caer un la cabina. Un
mullido diván enfrentaba a un tablero cubierto por una extraña colección de
manivelas, botones e instrumentos varios, protegidos por tapas de cristal. Era
un ejemplo perfecto de la decadencia de Occidente, un exceso de decoración y
ornamentación cuando un panel de buen roble inglés hubiera bastado para el
caso, y una simple barra que girase sobre un eje para llevar las órdenes a los
esclavos-remeros. O quizá hubiese un animal oculto detrás del panel: al torcer
una palanca se oyó un rugido grave. Debía de ser, sin duda, el mecanismo que
transmitía al esclavo - o animal - de la galera la orden de iniciar su trabajo,
pues ahora la pequeña embarcación surcaba las aguas a gran velocidad. La espuma
que levantaba salpicaba la cabina, y Harpplayer cerró la tapa, medida muy
oportuna. Otro botón debió de accionar un timón secreto, pues de pronto la
embarcación hundió la proa y se sumergió hasta quedar totalmente cubierta por
el agua. Afortunadamente, era de construcción sólida y no hacía agua, y otro
botón la hizo subir una vez más a la superficie.
Fue entonces
cuando a Harpplayer se le ocurrió la idea. Quedó inmóvil, como petrificado, mientras
sus pensamientos giraban, veloces, considerando las probabilidades. Sí, podía
tener éxito... ¡debía tener éxito! Se golpeó la palma con el puño cerrado, y en
ese momento se dio cuenta de que la embarcación había girado mientras él
meditaba y estaba ahora a punto de abalanzarse sobre el Redundant, en cuya
batayola se alineaban rostros de ojos aterrorizados. Mediante una hábil
maniobra Harpplayer dio al animal (o esclavo) la orden de detenerse, de modo
que cuando ambas embarcaciones se rozaron solo sufrieron una ligera sacudida.
- Señor Shrub -
llamó.
- ¿Señor?
- Quiero un
martillo, seis clavos, seis barriles de pólvora, cada uno de ellos provisto de
una mecha de dos minutos y una lazo de cuerda y una linterna sorda.
- Pero señor...
¿para qué? - Por una vez el apabullado Shrub se olvidó lo bastante de sí mismo
como para cuestionar a su capitán.
Pero el plan
había enardecido tanto a Harpplayer que no tomó a mal esta súbita familiaridad
de su subalterno. En verdad, hasta esbozó una sonrisa, que la penumbra le ayudó
a disimular.
El condestable
y sus asistentes pronto concluyeron los preparativos, y los barriles que fueron
bajados por una eslinga llenaron por completo la pequeña cabina, a tal punto
que a Harpplayer apenas si le quedó sitio para sentarse. Lo que no quedó fue
lugar para el martillo, y tuvo que sujetarlo entre los dientes.
- Zeor Zrub -
farfulló a través del, martillo, presa de una depresión súbita al comprender
que dentro de pocos minutos estaría enfrentando con sus frágiles huesos las
hordas del usurpador que blandía el látigo sobre todo un continente de esclavos
oprimidos. Retrocedía ante su propia temeridad de enfrentar así al Tirano de
Europa, y lo amilanaba además el asco que le producía su propia fragilidad. Los
hombres jamás sabrían que había abrigado tales pensamientos, que era el más
pusilánime de todos ellos.
- Zeor Zrub -
volvió a gritar, y la voz no delató sus sentimientos - Si no regreso al
amanecer, queda usted al mando de este buques y redactará un informe completo.
Adiós. En triplicado, no lo olvide.
- Oh, señor...
- empezó a decir Shrub, pero sus palabras dejaron de oírse cuando la tapa de
vidrio se cerró de golpe y la diminuta embarcación se lanzó a sol, contra el
poderío de todo un continente.
Más tarde
Harpplayer se reiría de aquella primera flaqueza. A decir verdad, la escapada
fue tan simple como un paseo por Fleet Street en una mañana de domingo.
La extraña
barquichuela se hundió bajo la superficie y se deslizó hasta mas allá de las
fortificaciones de Cabo Pietfieux, que los marineros ingleses llamaban Cabo Pit
fix, hasta las custodiadas aguas de Cienfique. Ningún centinela reparó en la
ligera ondulación de las aguas de la bahía, y ningún ojo humano divisó la forma
vaga que afloró junto al alto muro de madera que era el caso del buque francés
de la línea. Dos fuertes martillazos aseguraron el primer barril de pólvora y
una llamarada fugaz partió de la linterna sorda en el momento en que la mecha
se encendía. Antes que los perplejos centinelas de la cubierta de arriba
tuviesen tiempo de acercarse a la batayola, ya el misterioso visitante había
desaparecido, y ni siquiera alcanzaron a ver la crepitante mecha delatora que,
oculta tras el barril de la muerte, se consumía lentamente. Cinco veces
consecutivas repitió Harpplayer esta operación simple pero mortífera, y
entonces, en el momento en que hundía el último clavo, hubo en el muelle una
ahogada explosión, y a sus espaldas seis buques, orgullo de la escuadra del
Tirano, se elevaron en columnas de llamas hasta que sólo quedaron los cascos
carbonizados, deslizándose hacia el fondo del océano.
Una vez pasadas
las fortificaciones de la costa, el capitán Harpplayer abrió el tejado de
vidrio y volvió la cabeza con satisfacción para contemplar las embarcaciones en
llamas. Había cumplido con su deber, y aportado su grano de arena para la
conclusión de aquella guerra que había devastado a todo un continente y que en
el curso de unos pocos años aniquilaría tal vez a tantos de los mejores
ciudadanos franceses que la estatura de la raza gala se vería reducida en un
promedio de algo más de diez centímetros. Cuando se extinguió la última pira,
sintió el escozor del remordimiento pues, aunque propiedad del Loco de París,
habían sido espléndidos navíos, y viró la proa de la nave en dirección al Redundant.
Amanecía ya
cuando llegó su barco, vencido por el cansancio. Se asió a la escala que habían
dejado para él y trepó penosamente hasta la cubierta. Zumbaron los tambores y
los grumetes lo aclamaron: trinaron las gaitas de los contramaestres.
- Magnífico,
señor, oh, magnífico - exclamó Shrub, mientras se precipitaba a tenderle la
mano -. Desde aquí los vimos arder.
A espaldas de
ellos, en el mar, se oyó un ruidoso burbujeo, como cuando el agua sale de la
bañera al quitarse el tapón, y Harpplayer volvió la cabeza justo a tiempo para
ver que la extraña embarcación se hundía en el mar y desaparecía de la vista.
- Maldito
imbécil - se reprochó entre dientes -. Me olvidé de cerrar la escotilla. Ha de
haberse llenado de agua y por eso se hundió.
Sus cavilaciones
fueron repentinamente interrumpidas por un brusco alarido. Volvió la cabeza en
el momento preciso en que el extraño peludo corría hasta la barandilla y
miraba, horrorizado, cómo su embarcación desaparecía bajo las aguas. Entonces
el hombre, visiblemente desesperado, lanzó un grito espeluznante y se arrancó
de la cabeza grandes mechones de pelo, tarea relativamente fácil dado que lo
tenía en abundancia. Y entonces, sin que nadie pudiese detenerlo, se encaramó
sobre la barandilla y se lanzó de cabeza al mar. Se hundió como una piedra y, o
bien no sabía o no quiso nadar; parecía extrañamente apegado a su navío, pues
no volvió a subir a la superficie.
- Pobre
desdichado - dijo Harpplayer con el tono compasivo de un hombre sensible, estar
tan solo y tan lejos de su tierra. Quizá sea más feliz en la muerte.
- Sí, quizá -
farfulló el estólido Shrub -, pero tenía condiciones para ser un excelente
gaviero, señor. Podía encaramarse y corretear por las vergas, podía mantenerse
fantásticamente bien en equilibrio, con esas uñas largas que tenía en los pies
y que hundía directamente en la madera. Y tenía otro dedo en el talón que lo
ayudaba a afirmarse.
- Le rogaría
que no discuta las deformidades de los muertos. Lo haremos figurar en el
informe como «hombre al agua». ¿Cómo se llamaba?
- No nos lo
dijo, señor, pero lo anotamos en los registros como Green.
- Muy
apropiado. Aunque extranjero de origen, se sentiría orgulloso de saber que
murió llevando un buen nombre inglés.
Despidiendo
secamente al fiel y estúpido Shrub, Harpplayer reanudó sus idas y venidas por
el alcázar, abrumado por aquella secreta agonía que era solo suya y lo seguiría
siendo hasta que los cañones del Ogro Corso fuesen clavados para siempre.
FIN
Escaneado por
Sadrac